COLUMNA DE OPINIÓN

Por: Claudio Adasme

Gerente General Tierra Verde 

Lo que pocas veces se dice sobre emprender

No recuerdo un solo año en que emprender haya sido fácil.

Y no lo digo como una queja. Lo digo porque muchas veces escucho hablar del emprendimiento como si fuera un camino lleno de libertad, autonomía y realización personal. Y aunque algo de eso existe, también existe otra parte que pocas veces aparece en las conversaciones.

La parte donde uno se acuesta sin saber si tomó la decisión correcta. La parte donde los números no alcanzan, donde hay personas esperando que las cosas resulten porque su trabajo depende de ello y donde una decisión que parece simple puede afectar meses o años de esfuerzo.

Cuando partí, no tenía ningún respaldo financiero, cero. Como la mayoría de los emprendedores, empecé con lo que tenía. Y cuando uno emprende así, normalmente no apuesta lo que le sobra. Apuesta lo que tiene.

Muchas veces también apuestas tu tranquilidad, tu tiempo con la familia, horas de sueño y, por supuesto, tu patrimonio construido durante años de trabajo. Y a veces apuestas incluso cosas que no tienen valor económico, pero sí emocional.

Por eso siempre me ha parecido curioso cuando se habla del emprendimiento únicamente desde los resultados. Porque entre la decisión de comenzar y la posibilidad de que las cosas funcionen hay un espacio enorme lleno de incertidumbre.

Y es precisamente en ese espacio donde vive el emprendedor. Ahí aparecen las dudas, las decisiones difíciles, los momentos en que uno se pregunta si vale la pena seguir, los días en que todo parece avanzar más lento de lo esperado y aquellos en que pareciera que todo se pone cuesta arriba al mismo tiempo.

A lo largo de los años me ha tocado tomar decisiones importantes sin tener toda la información. Más veces de las que me habría gustado. Decisiones relacionadas con proyectos, inversiones, contrataciones, equipos de trabajo o nuevos desafíos. Muchas de ellas las tomé con más preguntas que respuestas, y eso es algo que con el tiempo aprendí a aceptar.

Porque emprender rara vez ocurre en un escenario perfecto. Uno no dispone de todos los antecedentes, no conoce todas las variables y no tiene una bola de cristal para anticipar lo que va a pasar. Muchas veces hay que avanzar igual. Con prudencia, por supuesto, pero avanzar.

Y en ese proceso la intuición juega un papel mucho más importante de lo que solemos reconocer. No hablo de actuar impulsivamente. Hablo de esa capacidad que se desarrolla después de años observando, equivocándose, aprendiendo y volviendo a intentar.

Hay decisiones que no nacen de una planilla Excel. Nacen de la experiencia, de las conversaciones, de lo que uno ha visto en terreno durante años.

Por eso nunca me ha gustado romantizar el emprendimiento. Porque no es una aventura. Es una responsabilidad con uno mismo, con la familia, con quienes trabajan contigo y con quienes confían en tu proyecto.

Con el paso de los años uno aprende a convivir con la incertidumbre, aunque nunca termina acostumbrándose del todo.

Todavía conservo fotografías de los primeros trabajos y también algunos de los cuadernos donde hacía mis apuntes. Es una costumbre que mantengo hasta el día de hoy. Cuando vuelvo a ellos aparecen equipos mucho más pequeños, personas que apostaron por este proyecto cuando recién comenzaba y anotaciones sobre problemas que en ese momento parecían enormes.

Han pasado 28 años y sigo haciendo apuntes en cuadernos.

Tal vez lo que más ha cambiado no sea esa costumbre, sino la manera en que hoy leo lo que voy anotando. Con los años uno aprende que algunos problemas que parecen enormes terminan resolviéndose, que otros obligan a cambiar de rumbo y que también habrá algunos que simplemente no podremos controlar.

Por eso, cuando miro esas fotografías o vuelvo a encontrarme con alguno de esos viejos apuntes, no pienso demasiado en cuánto ha crecido la empresa. Pienso en cómo hemos evolucionado, en las personas que han sido parte de este camino y en todo lo que hemos tenido que aprender para llegar hasta aquí.

Sigo usando un cuaderno. Sigo haciendo anotaciones. Sigo teniendo preguntas.

Después de 28 años, quizás esa sea una de las pocas cosas que no ha cambiado.

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